r/PuertoRico • u/Comfortable-Meal-394 • 1h ago
Opinion y Diálogo 💬 Exilio
Quiero compartir un poco de mi historia y de lo que ha significado vivir en Estados Unidos desde que me fui de Puerto Rico en 2010. No escribo esto para desanimar a nadie ni para decir que mi experiencia tiene que ser la de los demás. Simplemente quiero contar mi realidad.
Primero que nada, agradezco la oportunidad que tuve de conseguir un empleo que me ha permitido tener un techo, comida y estabilidad económica. He sido más que bendecido en ese aspecto. Trabajo en el gobierno federal y, si Dios lo permite, espero retirarme en 2030.
En términos económicos y profesionales, no me ha ido mal. He logrado muchas cosas en relativamente poco tiempo: obtuve grados universitarios y certificaciones profesionales, incluyendo la PMP; diseñé un producto que llegó a ser patentado; planifiqué mi retiro y he podido ahorrar. Siempre me he considerado un go-getter, alguien que se propone metas y trabaja para alcanzarlas.
Sin embargo, hay algo que no he logrado encontrar: una compañera de vida, mi soulmate.
Nunca me casé ni tuve hijos. Durante todos estos años he vivido solo, y hasta cierto punto no me arrepiento de las decisiones que he tomado. He disfrutado de mi independencia y he construido una vida estable. Pero a veces me pregunto: ¿qué habría pasado si me hubiera quedado en Puerto Rico? ¿Cómo habría sido mi vida si hubiera tomado otro camino?
La realidad es que la vida aquí se me ha convertido en una rutina monótona. Trabajo, regreso al apartamento y paso buena parte de mi tiempo solo. No tengo amistades cercanas; tengo compañeros de trabajo, pero una relación laboral no necesariamente se convierte en una amistad verdadera.
Y es aquí donde más extraño a Puerto Rico.
¡Cómo añoro aquellos viernes sociales en los paraos de Hato Rey! Reunirnos, tomarnos unos tragos y hablar de todo lo que había sucedido durante la semana. Las conversaciones, las bromas, las visitas y esa facilidad con la que uno podía compartir con otras personas sin tener que planificarlo todo con semanas de anticipación.
Extraño esa espontaneidad. Extraño poder visitar a alguien, compartir una comida y pasar un buen rato. Extraño sentir que uno forma parte de una comunidad.
Para mí, una de las diferencias más difíciles de la vida en Estados Unidos ha sido la distancia social. Quizás sea mi experiencia particular, pero he sentido que muchas relaciones aquí se quedan en un nivel superficial. La gente puede ser amable contigo y compartir un momento agradable, pero eso no necesariamente significa que vaya a desarrollar una amistad contigo.
Recuerdo una ocasión en que me enfermé y pensé que podía estar sufriendo un stroke. Llamé al 911 y, cuando llegaron los paramédicos, tuve una experiencia que me hizo sentir desatendido y vulnerable. Ellos no querían entrar en mi apartamento. Me preguntaron si quería ir al hospital o acostarme a ver si se me pasaba. Finalmente, resultó ser un episodio de vértigo. No puedo saber cuáles eran sus motivos, pero aquella experiencia me dejó una impresión muy negativa y me hizo sentir que estaba solo en un momento en que necesitaba ayuda.
También tengo un compañero de trabajo que ocasionalmente me invita a pasar Acción de Gracias con su familia. Su esposa y los padres de ella me reciben muy bien, y durante esas dos horas que compartimos me siento apreciado. Estoy sinceramente agradecido por esa acogida.
Sin embargo, a veces me dicen que preguntan por mí y quieren saber cómo estoy. Y yo me pregunto: si realmente quieren saber de mí, ¿por qué nunca hemos intercambiado teléfonos? ¿Por qué no me envían un mensaje o me llaman de vez en cuando? ¿Por qué nunca hemos compartido fuera de esas ocasiones?
No sé si estoy esperando demasiado de la gente o si simplemente tenemos conceptos diferentes de lo que significa una amistad. No quiero ser injusto con ellos, porque reconozco que han tenido un gesto bonito conmigo. Pero también me pregunto si estoy confundiendo la amabilidad con una conexión más profunda.
En Puerto Rico, al menos en el ambiente en que yo me crié, las relaciones eran diferentes. Uno visitaba a sus amistades, compartía comida, conversaba y se quedaba un rato. No todo tenía que organizarse alrededor de una invitación formal o una ocasión especial.
A veces prefiero quedarme en casa con mi perro antes que salir por compromiso y tener ese sentimiento de " akwardness" . Quizás también me he acostumbrado demasiado a estar solo. La soledad puede convertirse en una costumbre y, con el tiempo, uno termina aislándose incluso cuando quisiera tener compañía.
En cuanto al dating, la experiencia tampoco ha sido buena. No tengo una cita desde 2022. Tuve una relación con una mujer de Costa Rica, pero la distancia y otras circunstancias hicieron que no funcionara. A estas alturas, a veces me pregunto si encontrar una compañera de vida será posible o si simplemente tendré que aceptar que esa parte de mi vida tomó otro rumbo.
Y hay algo que me decepciona particularmente: comprobar que ser boricua no garantiza que uno vaya a encontrar solidaridad entre los suyos. En ocasiones, el trato más decepcionante puede venir de otro puertorriqueño. Tengo un compañero de trabajo que considero arrogante y cuya actitud me ha generado mucha frustración y me encantaría darle su paliza. No quiero convertir este escrito en una queja sobre una persona, pero sí decir algo:ser boricua, estés donde estés, no te hace superior a nadie. Emigrar tampoco debería hacernos olvidar de dónde venimos ni cómo debemos tratar a los demás.
Cuando me fui de Puerto Rico en 2010, mi madre me dijo que era la oportunidad de mi vida. En el aspecto económico tenía razón. Aquí pude desarrollarme profesionalmente, ahorrar y prepararme para el futuro. Pero, en el aspecto social, la experiencia ha sido muy distinta de lo que imaginaba.
Antes de esa etapa, me había ido a Florida en 1999. No logré acostumbrarme porque sentía que no tenía un norte. En 2008 regresé a Puerto Rico con la intención de quedarme indefinidamente. Sin embargo, en 2010 surgió una oferta de trabajo y decidí volver a emigrar. Desde entonces he conseguido estabilidad y he logrado muchas de mis metas.
Hace dos años perdí a mi madre, y hoy tengo muy poca familia que ni si quiera nos procuramos a pesar de mis intentos de contactarlos. También dejé buenas amistades en la isla. Cuando pienso en ello, me doy cuenta de que quizás una de las mejores inversiones que podemos hacer en la vida no sea económica, sino humana: cultivar buenas amistades, compartir con las personas que queremos y crear recuerdos que nos acompañen cuando ya no estén cerca.
No escribo esto porque no agradezca las oportunidades que he tenido. Lo escribo porque he aprendido que la estabilidad económica no necesariamente trae felicidad, y que tener una vida organizada no significa que uno se sienta acompañado.
Mi apartamento tiene unos 900 pies cuadrados y pago $1,425 mensuales, sin contar el agua y la basura. La electricidad ronda los $100; el seguro del carro son unos $60; el celular cuesta $70; el internet, $40; el seguro del apartamento, $125, y el pago del carro es de $500, aunque estoy a punto de saldarlo. Son gastos que uno puede manejar con un empleo estable, pero también representan una vida en la que buena parte del esfuerzo se va en trabajar y pagar cuentas.
Paso muchos días en el apartamento viendo noticias, navegando por las redes sociales o leyendo. A veces leo la Biblia, escribo en mi journal y voy a la iglesia. Son cosas que me ayudan, pero no sustituyen la conexión humana que extraño.
Lo único que me mantiene especialmente motivado en esta etapa es mi perrihijo, que pronto cumplirá 14 años, aunque muchas veces parece que tuviera cinco. A veces vamos al parque y él socializa mejor que yo. La gente se acerca, me habla y conversamos un rato gracias a él. Es curioso cómo un perro puede abrir puertas que uno, como adulto, no siempre sabe cómo abrir.
Mi perro me da compañía, rutina y una razón para seguir adelante. Y cuando pienso en todo lo que hemos compartido, me doy cuenta de cuánto significa tener a alguien —aunque tenga cuatro patas— que dependa de ti y te acompañe en los días buenos y malos.
Por eso quiero compartir una reflexión con quienes estén pensando mudarse a Estados Unidos.
Si están considerando emigrar debido al alto costo de vida en Puerto Rico, los problemas de infraestructura o la insatisfacción con el gobierno, les aconsejo que ponderen bien su decisión. No se trata solamente de conseguir un buen empleo o ganar más dinero. También hay que pensar en la vida que uno quiere construir fuera del trabajo.
Si tienen la oportunidad de emigrar con su pareja, familia o una red de apoyo, eso puede marcar una diferencia enorme. Si vienen solos, como fue mi caso, piensen también en cómo van a construir una comunidad, mantener sus amistades y encontrar personas con quienes compartir la vida cotidiana.
Estados Unidos puede ofrecer oportunidades extraordinarias, especialmente para quienes quieren desarrollarse profesionalmente y mejorar su situación económica. Pero, desde mi experiencia, puede ser un lugar muy solitario cuando uno llega sin una red de apoyo. No todo el mundo tendrá la misma experiencia, y reconozco que también hay personas que prefieren vivir de esa manera.
En mi caso, siento que he pagado un precio emocional por las oportunidades que he recibido.
Seguiré trabajando en mis proyectos hasta 2030, si Dios me lo permite. Estoy considerando retirarme en España, aunque en el fondo me gustaría regresar a Puerto Rico. No sé todavía qué decisión tomaré. Quizás necesite cerrar este capítulo de mi vida y comenzar otro en el lugar donde pueda recuperar esa sensación de pertenencia que tanto extraño.
A veces siento que he pasado tantos años sobreviviendo a la rutina que he olvidado cómo disfrutar de las cosas sencillas. Y aunque hay días en que la soledad pesa más de lo que quisiera admitir, todavía tengo proyectos, sueños y la esperanza de que las cosas puedan cambiar.
No quiero desanimar a nadie que tenga planes de emigrar. Cada cual tiene su historia, sus necesidades y sus prioridades. Lo único que puedo ofrecer es mi experiencia: mi madre tenía razón en que Estados Unidos podía darme una oportunidad económica, pero nadie me explicó cuánto podía extrañar la vida que dejaba atrás.
Si algo he aprendido es que el éxito no se mide solamente por los títulos que uno obtiene, el dinero que ahorra o las metas profesionales que alcanza. También se mide por las personas con quienes compartimos esos logros, las conversaciones que recordamos y los momentos en que sentimos que pertenecemos a algún lugar.
Quizás mi historia sea simplemente eso: la historia de un hombre que se fue buscando oportunidades, logró muchas de ellas y, después de tantos años, todavía extraña su hogar.
A los que están pensando emigrar, les deseo mucho éxito. Que puedan alcanzar sus metas sin perder de vista lo que verdaderamente les importa.
Y a los que están lejos de Puerto Rico, les envío un abrazo. Cuídense mucho, valoren sus amistades y no den por sentado esos momentos sencillos que, con el tiempo, se convierten en los recuerdos más importantes de nuestras vidas.
Como dice la frase que tantas veces se atribuye al rey Salomón:
“This too shall pass.”
Todo pasa. Incluso esta etapa de la vida.
Un abrazo, mi gente, y mucho éxito en sus planes.
PS: Espero celebrar mi cumpleaños en la isla la 1era semana de Febrero.